Ayer tomé un camión rumbo al centro y bajé cerca del zócalo, empecé a caminar y me vi tan aburrida que entré a la tienda restaurante-muchascosas “de los tres búhos”, comencé por librería (de ser sincera comencé y terminé en ese lugar). Encima estaban los libros “más populares”: quíubole, por qué los hombres aman a las ca…, como hacerte millonario en un día, no dejes que tu suegra se meta en el matrimonio, consejos de belleza (entre otros) y las clásicas agendas en las que al lado del día que marca el calendario tiene una frase de superación personal.
Revisé todas las mesitas con libros, me di cuenta que “me estaban vigilando” los de seguridad (era eso o yo andaba de paranoica), ya que como llevaba un morral (son muy prácticos) y no iba muy arreglada pues … a lo mejor pensaron que me robaría algunos de sus libros más sobresalientes, já!. Aunque no todos eran malos, mi curiosidad me llevó a remover en el fondo; y logré sacar del encierro a Alfonso Reyes, García Márquez, Saramago, Joyce, Tolstói y todos esos autores que tienen una obra del grosor de mi mano (bueno no tanto así, pero se le van emparejando).
Mi estómago comenzó a pedirme el veneno y me salí de aquella cosa con olor a chocolate-hule nuevo-comida y hojas de papel. Volví a caminar, pasé por el fuerte de San Diego y tenía todas las intenciones de entrar, pero: sábado, siete de la noche y Acapulco, no, la cosa no daba como para que estuviera abierto. A manera de consolación me senté en una de las banquitas de piedra que tienen afuera del fuerte, me gusta ese lugar, siempre está lleno de flores de colores chillantes: rosa mexicano, amarillo, naranja, rojo y morado, y si a eso le sumamos las hojas verdes y el olor a hierba fresca, de esa que sólo se puede oler en el campo, pues… la estancia ahí se vuelve agradable.
Me quedé pensando un ratito, nomás para hacerle compañía al ocio, pero luego luego salieron mis preguntas incómodas… ¿no me puedo dejar en paz ni un momentito?. Agh,mejor me paré y seguí caminando hasta llegar a la Italiana. Pedí un americano (en realidad era para lo único que me alcanzaba) y me puse a leer un rato, me gusta esa cafetería, no siempre hay gente y eso la hace confortable. Sólo estábamos un señor y yo, después entró un joven, por los ojos azules, la piel blanca y su altura intuí que el hombre no era de aquí (cada día me sorprendo más, que inteligente me he vuelto, jó). El tipo iba por un pedido y se quedó hablando con el señor que estaba ahí desde hace tiempo, entonces me di cuenta que no sería tan lenta para aprender italiano, porque medio entendí lo que decían jaja.
Terminé la lectura y pagué el café , mientras me cobraban vi una cajita llena de merengues y llevé uno para mi madre; siempre le han gustado esas bombas al corazón, dice que le recuerdan su infancia.
Cuando salí me di cuenta que ese merenguito me había dejado sin transporte, ¡y a caminar se ha dicho!. No fue tan malo, pasé por la playa y vi de noche lo que de día a veces no se encuentra.
Regresé a casa caminando y pensando, dudando del tiempo, dudando de mí, de mi aspecto, con más preguntas de las que tenía al principio, con sed, con un pequeño dolor de cabeza que no me deja desde hace días(o quizá soy yo la que no lo dejo a él) y con un merengue en las manos; lo más valioso que traía en ese momento a parte de mi cuerpo.