Hace un rato estuve viendo un albúm  con fotografías de mis primas, ahí estaban las tres; en Aguascalientes, en Disneyland, en Morelos,  en fín… 
La más grande (y alta)  tenía el cuerpo regordeto y unos  ojos rasgadísimos por la gran sonrisa que le ofrecía a la cámara. Un poco más abajo se veía “la de en medio”, delgada, su mirada coqueta y la coleta “de caballo” de lado la hacían verse como las niñas de esos tiempos: bien vestida y “de familia”. La última era la más pequeña y blanca de todas, y la única que no posaba de alguna forma debido a su corta edad. 

Pensé en lo mucho que me gustaría tomarle y tomarle fotos a mis hijos y los hijos de mis hijos y a todo aquel que se deje pasar por mi lente. 
Fue entonces cuando me salió la pregunta ¿y yo, cuándo yo?.
Por alguna razón que aún desconozco o que me niego a conocer nunca me ha gustado que me retraten, y no, no es como una especie de miedo a que me roben el alma, simplemente no sé qué me sucede.

Entonces pienso si ya será el momento, si habré dejado demasiado tiempo sin tomarme no sólo una fotografía , sino la muestra de lo que he sido todos estos años, de los cambios, de mis cambios. 
Quizá ya sea hora de hacerlo, no para mostrar una sonrisa fingida, ni para dejar el testimonio de lo bien o mal que me sentí ese día, lo haré con la única intención de verme en un futuro para mostrar mi paso por el mundo y lo que he sido todo este tiempo.